Desde comienzos de la década de los 90, y gracias a la globalización, las economías alrededor del mundo han venido experimentando mayores y mayores niveles de internacionalización gracias a la reducción de las barreras comerciales, lo que ha conllevado al incremento de los flujos de inversión extranjera, así como del impacto de estos en las economías mundiales.
La inversión extranjera directa, aquella proveniente de una persona natural o jurídica del exterior, cuyo capital es invertido en un país con la intención de tener injerencia directa de largo plazo en el desarrollo de una firma, es una de las principales estrategias usadas, desde hace algunos años, para incentivar el crecimiento de las economías en pro del desarrollo, debido a que esta posee la capacidad de generar empleos, aumentar la productividad y competitividad, transferir conocimientos especializados y tecnología, aumentar las exportaciones y contribuir al desarrollo económico de los países involucrados. Volviéndose así entonces imprescindible el establecimiento de esta entre los países alrededor del mundo.
Entre aquellos países con intensos flujos comerciales o que poseen similitudes en cuanto a factores como culturales, idiomáticos, o que tienen proximidad geográfica, el establecimiento de inversión extranjera directa se supone es más asequible puesto que existen menores barreras y limitaciones para el éxito de la implementación de estas en determinado país “hermano”. Además, si entre dos países existen acuerdos comerciales, procesos como el conocimiento del clima de negocios del país, del mercado, de las políticas, etc., ya es conocido previamente, suponiéndose entonces menor riesgo al momento de realizar una inversión.
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